TRADUCTORA
Me interesa mucho el modo en que David Foster Wallace analiza los cortocircuitos que se producen en la comunicación entre los seres humanos, y en una época leí sobre él todo lo que cayó en mis manos. En realidad, he leído más cosas «sobre» Wallace que «de» Wallace. Incluso arranqué un blog (también llamado la centralita, esto viene de lejos) con la intención de traducir textos breves, sobre todo sobre Wallace, que me parecían importantes. Un verano, de vacaciones en Lanzarote, estaba traduciendo para ese blog un extracto de la biografía de D. T. Max que se había publicado en The New Yorker cuando vi la noticia de que Debate había contratado los derechos de la edición en español. Les escribí prácticamente suplicando que me dejaran hacer una prueba de traducción. Creo que esta es, hasta ahora, la traducción más difícil que he hecho, por el respeto pavoroso que me producían tanto el tema del libro, el propio Wallace, como las traducciones de su obra al castellano de Javier Calvo. Todo me parecía intocable, a veces hasta la parálisis. Todo me parecía anotable, puntualizable –con Wallace siempre, todo, lo es–, pero me aterraba llenar el texto de notas de nerd. Temía haber perdido la perspectiva del límite entre lo que resulta de interés para una estudiosa de Wallace y lo que resulta de interés para un público general. Además, el final del libro –el final de su vida– me daba tanta pena que, en cada revisión, terminaba llorando. Un cromo. Volvería a traducirlo quince millones de veces. A veces te da pena entregar la traducción de un libro porque ya no puedes seguir con él, esta fue una de esas veces.
A su publicación, apareció una reseña en El Cultural, escrita por Nadal Suau, que mencionaba la «eficaz traducción» de María Serrano. En su momento, me pareció una indicación de que había fracasado en mi intento de no hacer una traducción de nerd. Después volví a leerla, con menos temor, y descubrí que lo que en realidad decía el autor es que mi traducción le había ayudado a apreciar el trabajo de D. T. Max. «La primera vez que la leí [la biografía, en su edición original], me decepcionó […] Ahora, revisada en la eficaz traducción de María Serrano […] me obliga a rectificar un poco mi opinión: el trabajo de Max es demasiado riguroso y honesto como para no estarle agradecido.» Me doy por contenta.
