Editora, traductora, escritora y estratega de lo narrativo en general.

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Escribir para que te escuchen no es lo mismo que escribir para que te lean. Esto debe de ser una enseñanza de primero de guion, pero yo lo aprendí por el método de ensayo y error: narrando, grabando y editando podcasts. La información audible tiene que concretarse en imágenes muy vívidas y estar bien encapsulada. Debe ser concisa y precisa, pero –a diferencia de lo que ocurre con los textos destinados a su lectura en silencio– no está mal repetirse. Lo que por escrito te convierte en una pesada, contado en voz alta puede ayudarte a fijar mejor las ideas o imágenes en la mente de quien te escucha. Además, le haces un favor si le permites bajar de vez en cuando el nivel de atención sin perderse nada importante. Todo esto lo aprendí por las malas, grabando relatos enrevesados o demasiado sintéticos, escuchándome, aburriéndome a mí misma y después editando, recortando y jugando con el ritmo hasta entender más o menos cómo funciona la economía de atención en la escucha. Ahora, cada vez que alguien me envía uno de esos audios eternos y plomizos de cadenas de Whatsapp, me dan ganas de devolvérselos editados.