EDITORA
Este es el primer libro que edité en mi vida. No tenía ni idea de cómo se hacía, no tenía ni idea de que la labor que estaba haciendo se llamaba «editora» y sobre todo no tenía ni idea de todo lo que «no» se puede hacer, así que todo salió bien. Lo único que sabía es que, en 2004, faltaban muchas voces en los debates feministas, que seguían mostrando –así, por resumir– una herencia muy blanca, muy burguesa, muy heterosexual y muy cis. Pero el empeño no respondía a una cuestión de cuota, sino al convencimiento de que los feminismos serán una mejor herramienta de transformación para la justicia social cuanto mejor los pensemos, y que mejor los pensaremos cuanto más los debatamos. A veces es agotador, sobre todo cuando se constata que no todo el mundo debate de buena fe, pero sigo convencida de ello: airear los debates internos del feminismo es bueno para el feminismo.
La edición consistió en encontrar –en un internet antediluviano– alguna dirección de contacto de las autoras y convencerlas –a ellas y a sus editores originales– de que nos cedieran gratuitamente los derechos de traducción para este volumen. También en coordinar la labor de traducción y revisión del texto, y en encontrar a las mejores prologuistas para contextualizar la apuesta y el aterrizaje de los textos en castellano: las mujeres de La Eskalera Karakola, que escribieron un bellísimo y potentísimo prólogo coral. El libro tiene 17 años, se sigue reeditando y de vez en cuando encuentro mujeres que me hablan del valor que ha tenido para ellas la lectura de estos textos. Esto es una gran alegría. También me da la risa cuando pienso que no tenía ni idea de lo que hacía.
